Cuento tristísimo

José Luis era un niño muy pobre, muy pobre, que vivía en una humilde chabola en la que, aprovechando la humedad y la falta de luz, cultivaba champiñón. Todos los días llenaba una cesta de mimbre con los hongos más escogidos y maduros y los llevaba a vender en el mercado del pueblo, mientras los demás niños, que iban muy bien vestidos y tenían padres y madres y otros juguetes, lo rodeaban y se reían de su suciedad y de sus harapos. Pero José Luis proseguía en silencio su camino, mirando al suelo para que los otros no pudieran ver cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. Así, llegaba al mercado y entregaba el champiñón a un comerciante, que le daba a cambio unas escasas monedas.

En el camino de vuelta solía encontrar a una vieja ciega y muda, que con la mano extendida pedía limosna al borde del sendero que conducía hacia el bosque. Como el sendero casi nunca llevaba suelto, José Luis, compadecido de la anciana, depositaba en la temblorosa mano las monedas que había obtenido en el pueblo y regresaba a la chabola sin nada en los bolsillos, pero con el corazón satisfecho por haber ayudado a quien él pensaba que todavía era más pobre. Luego cortaba unas raíces tiernas y las roía con avidez por todo desayuno.

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